El cimarrón, Barnet y nuestra identidad

Esteban Montejo, protagonista de la novela testimonio Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet, estuvo escondido en la zona montañosa del territorio central del país, hay quien afirma incluso que fue por Guajabana, una loma de Caibarién.
El
personaje real se fue al monte durante casi veinte años, había dejado
de sentir las escaramuzas de mambises y españoles, se había acabado la
guerra y un día, salió del monte con los pelos encaracolados para
preguntarle a una anciana: “¿Señora, es verdad que ya somos libres?”
Hoy contaré algunas anécdotas sobre la relación de amistad y admiración
que se estableció entre el investigador y el testimoniante.
Miguel Barnet formaba parte de un grupo de investigadores de la Academia de Ciencias de Cuba, un día, vio una entrevista a Esteban Montejo, y una foto; la impresión que le causó la mirada profunda de aquel cimarrón y la certeza de que pudo haber dicho mucho más de lo que se obtuvo en la entrevista que leía, lo llevaron al Hogar de Veteranos.

En cuanto entró al lugar encontró a Montejo sentado en un taburete y recostado a un árbol, de inmediato se percató de que era el hombre a quien buscaba, ni siquiera entró a ver a los responsables del Hogar, ni pidió permiso, sencillamente se quedó frente al negro de inseparable sombrero de yarey y sintió que empezaba una fuerte conexión entre ambos, corría el año 1963.
A partir de entonces y hasta el 10 de
febrero 1973 en que falleció, cada semana el investigador visitó al
testimoniante, le llevó invariablemente tabacos, aguardiente, dulce de
coco y cigarros, eran lo regalos que el amigo agradecía con una plática
tranquila y una filosofía peculiar de su vida de más de cien años.
Biografía de un cimarrón se publicó en 1966, desde entonces acá se
reeditó infinitas veces y en todos los idiomas, a partir de entonces,
muchas personas del mundo de las ciencias quisieron conocer a Montejo,
así visitó con Barnet la Academia, donde lo atendieron con mucho cariño,
era un exponente vivo de la historia de Cuba.
Pero también
aparecieron quienes trataron de aprovecharse de su fama, hasta alguien
trató de hacer una segunda parte de la Biografía, y unos sobrinos que
nunca antes dieron señales de vida, acosaban a Barnet pidiendo
beneficios económicos por los derechos del autor, qué le cuento, si
hasta un abogado de pronto quiso “defender” los intereses de Montejo.
Pero, entre amigos no caben esas traiciones, el cimarrón nunca se prestó
a tales maniobras, cada entrevista o visita la consultaba con quien lo
hiciera célebre: “¿Usted ya habló con Miguel?”, preguntaba siempre.
En una ocasión, un alemán, amigo de Barnet lo visitó y le hizo esta
pregunta: ¿cuándo cree usted que fue más feliz? A lo que el hombre
contestó: “cuando yo era cimarrón”, el visitante, desconcertado
interrogó de nuevo ¿cómo cuando usted era cimarrón, si estaba
perseguido, si a veces había días en que no tenía qué comer, si estaba
totalmente solo? “Sí, es verdad, pero yo era joven”, respondió Montejo.
De
esas respuestas, cortas y contundentes, de esa filosofía adquirida por
una vida excepcionalmente difícil, hay otra que Barnet llevó a la obra
literaria, Montejo afirmó: “Por cimarrón no conocí a mis padres, pero
eso no es triste, porque es la verdad”.
Ante una obra tan
especial para la cultura cubana, hubo en los círculos científicos y
literarios quien desconfió; a tanto llegó el dilema que desconfiaron de
la veracidad del cimarrón y afirmaron que en el tiempo que se cuenta en
la obra, ya los cimarrones no existían; Barnet demostró la existencia en
el Archivo Nacional de partidas de nacimiento de hombres que fueron
cimarrones en los años ochenta del siglo diecinueve, que se incorporaron
a la Guerra de los Diez años, contemporáneos, por tanto de Montejo.
En el ingenio Flor de Sagua encontró la fé de bautismo de Esteban
Montejo Mera, nacido el veintiséis de diciembre de mil ochocientos
sesenta.
Para concluir este encuentro con un cimarrón real y el
investigador que lo descubrió para todos nosotros, le cuento que de esa
propia partida de bautismo, Barnet anotó los nombres de los padres de
Esteban Montejo, a los que nunca conoció; pensó el científico que
sufriría, pero el hombre que tanto había pasado escuchó tranquilamente
los nombres: Gincongo, era su padre, Susana Lucumí, su madre; él lo tomó
como una noticia y nada más.
Y para Barnet, esa reacción y todas las que tuvo Montejo en sus diez años de amistad, se resumen así:
«Mucho de la idiosincrasia del hombre cubano está en el carácter de Esteban Montejo. En sus mecanismos de defensa, en sus mecanismos cimarrones de defensa. Pensar que este hombre me describía la diversa cantidad de castigos que le daban a los esclavos y en algunas ocasiones, en vez de llorar, se reía, se reía como un escape. Yo sabía que era una risa que venía de una memoria trágica, pero eso me sirvió mucho para poder interpretar bien su personalidad y para considerar, como considero, que la personalidad de Esteban Montejo dice mucho del hombre cubano».(La Fuente viva)
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